sábado, 29 de marzo de 2014

Domingo Sifontes



DOMINGO SIFONTES UN GENERAL QUE ASUMIÓ
EL DOLOR DEL PUEBLO CONTRA EL INVASOR
Quijote de la nacionalidad” lo llamó Mario Briceño Iragorri y el doctor Manuel Felipe Pizarro dijo de él que como los héroes de Ossián cayá sobre su escudo creyendo todavía en la exaltación de la justicia.
Cuando aún parte de la Guayana queda en manos de los herederos del invasor, un nuevo libro “El Abuelo”, de Horacio Cabrera Sifontes, nos cuenta aquella hazaña época del Cuyuní contra el despojo.
Inglaterra siempre le tuvo la mira puesta a la vasta extensión de la Guayana venezolana. Desde que Walter Raleigh apreso a Berrio se hizo dueño de San José de Oruña, desde que expulsaron a los holandeses súbditos del imperio español de las tierras de Demerara y el Esequibo, y por último, desde que el capitán Keymis quemo a Santo Tomás de la Guayana y vengó en el gobernador Palomeque de Acuña la muerte del hijo predilecto de Raleigh. Desde esos angustioso días del siglo diecisiete. Inglaterra se obsesiona de Guayana y aprovechó la participación de los irlandeses en la guerra de Independencia para proponer al Congreso de Angostura en enero de 1819 la formación de una nueva provincia que se llamaría Nueva Erin, capital Nueva Dublín y que abarcaría desde Mánamo siguiendo el Orinoco hasta el Caroní, Barceloneta y límites con Brasil. Provincia, por supuesto, habitada y gobernada por irlandeses.
Rechazando tal proyecto por el Congreso de Angostura, Inglaterra adoptó por otra salida, la de ir avanzando desde Demerara y el Esequibo por las inmensas soledades de la selva guayanesa hasta provocar un conflicto como en efecto ocurrió con el llamado “Incidente de Cuyuní” que le permitiera dilucidar en forma conveniente una situación en la que ella, debido a su gran poder imperial, tenía todas las de ganar.
Con razón dice Enrique Bernardo Núñez, al considerar el “Incidente del Cuyuní” protagonizado por el general guayanés Domingo Antonio Sifontes que este “sin saberlo, estaba obligando (¿obligando? Aparentemente obligando porque en el fondo Inglaterra todo lo tenía calculado y previsto) como sucedió, a que Inglaterra aceptara el arbitraje, aunque le faltó malicia para sospechar que en toda forma seríamos traicionados como lo fuimos, por nuestros representantes americanos, ya que una de las condiciones aceptadas para el arbitramiento fue que no estuviéramos presentes en la defensa de nuestro territorio usurpado”.
Horacio Cabrera Sifontes en su reciente libro “El Abuelo” donde expone lo del “Incidente” dentro de un marco histórico y de acontecimientos regionales en el que sobresale la figura del general Domingo Antonio Sifontes, señala que esta condición absurda de la no presencia de Venezuela en el arbitramiento, (si Inglaterra como juez y parte) fue aceptada por el gobierno de Joaquín Crespo.
De allí que al producirse el Laudo Arbitral de octubre de 1899, Venezuela perdió 150 mil kilómetros cuadrados en la zona del Esequibo que siempre hemos venido reclamando.
Pero habríamos perdido más porque era mucho más, 60 mil millas cuadradas, lo que Inglaterra reclamaba. Para eso había comisionado con tiempo al agrimensor austriaco Roberto Shomburgh, para que rodeara la línea una y otra vez que después de 27 años de muerto el señor Shomburgh, continuaron rodando las tropas inglesas de avance que llegaron a establecer un cuartel en la margen derecha del Cuyuní frente a El Dorado.

EL INCIDENTE DEL CUYUNÍ

Cuando ocurrió el Incidente, era porque el patriotismo se le había revolcado en la sangre al General Domingo Antonio Sifontes, viendo casi impotente como comandos ingleses subían y bajaban a su antojo el Cuyuní, y una vez más empeñó tranquilidad familiar y fortuna para hacer la  guerra, esta vez no contra connacionales en la viciosa lucha por liquidar la arbitrariedad y adecentar el poder político, sino contra los usurpadores de buena parte de nuestro territorio, contra los británicos que desde más allá de los mares se aventuraban a estas tierras indoamericanas para ver cuánto podían lograr.

EL LIBRO DEL ABUELO

Del protagonista de esta acción nos habla precisamente uno de sus incidentes directos en el libro “El Abuelo” impreso en Caracas por “Ediciones Centauro” a expensas de la Asamblea Legislativa que de esta forma resolvió el homenaje a que se siente obligada con motivo del Bicentenario de Tumeremo.
Es el décimo primer libro de Horacio Cabreras Sifontes y consta de 253 páginas en nueve capítulos y un anexo que comprende reproducción facsimilar de cartas y gráficas de la época. Es un libro interesante, profuso de datos y bien documentado como todos los de este Señor inmenso en una vida intensa donde se conjugan las ansias del saber y la investigación con la creación espiritual y material que al fin materialista y concreto es él como toda la estirpe del llano y la montaña.
Como buen investigador lo caracteriza la objetividad, vale decir, la veracidad de las cosas, siempre ajeno a la superstición y vanas creencias como esa la del “Muerto de la Carata”, que esclarece al detalle en el libro por ser exactamente “La Carata” el Hato donde nació Domingo Sifontes así como Mercedes, la madre del autor del libro.
En resumen la obra de Horacio Cabrera Sifontes se contrae a lo que captamos y vertimos en este reportaje.

GUAYANA EN LA POSTRIMERIA DEL SIGLO DIECINUEVE

Para fines del siglo pasado existía en Guayana un movimiento cultural e intelectual, no reducido a Ciudad Bolívar, sino que abarcaba a Upata donde Anita Acevedo Castro editaba “El Alma”; El Callao, con una Washington Press en la que el general Celestino Peraza editaba “Horizontes”, “El Cuarzo”  y  “Ecos del Yuruary” a Upata, donde el poeta Matías Carrasco editaba “La Campaña” y Guasipati donde el general Ángel Olmeda editaba “El Liberal” y “Correo del Yuruary”. Esto podía ocurrir por el modelo de producción semifeudal de la región que daba importancia a cada enclave fundamentalmente ganadero aunque también existía la explotación del oro, la madera y otros productos silvestres.
Como los hacendados se esmeraban en la educación de sus hijos en las mejores escuelas del exterior, estos a su regreso trataban de verter a la comunidad cuanto Hato de la Guayana adentro era factible hallar una buena colección de libros y tropezar con un miembro de la familia con dominio de varios idiomas y bien enterado de la cultura anglosajona y latina.
Por eso es explicable que Leonardo Valentín Cabrera haya salido del Hato Guarán de Tumeremo a casarse en París con Ana Nier y que en el mismo París haya estudiado y graduándose de ingeniero industrial el hijo homólogo de esta pareja, Valentín Cabrera Nier, el padre de Horacio Cabrera Sifontes. La madre de Horacio era Mercedes, hija del General Domingo Antonio Sifontes.

DOMINGO ANTONIO SIFONTES

Domingo Antonio Sifontes era llanero a carta cabal, pero excepcional en cuanto a que poseía una educación humanística. Sabía dominar un toro y educar un caballo por más salvaje que fuera. Hombre de honor y de palabra, organizador de espíritu revolucionario que lo llevó a participar en movimientos subversivos locales con el título de General.
Pero como dice su propio nieto, no era de esos generales “macheteros” sino un hombre de buen nivel cultural que ejecutaba el violín y disfrutaba de una excelente biblioteca.
Con un prestigioso bien cimentado en la región del Yuruary que incomodaba tanto a Gobernadores del territorio como al mismo Guzmán Blanco deseosos de alguna manera en el negocio de las minas de El Callao que tan hábilmente manejaba su amigo don Antonio Liccioni, el general Sifontes se desenvolvía con soltura en esos tres puntales de la economía del Yuruary como eran Tumeremo con su actividad agropecuaria, El Callao con su producción de aurífera y el ingenio azucarero de Las Nieves.
Era Sifontes descendiente de Canarios, familia que vino de Santa Cruz de Tenerife y se asentó en Aragua de Barcelona donde inició trabajos agropecuarios que luego trasladó por los avatares de la guerra de Independencia a lo profundo de la Guayana.
Manuel Antonio Sifontes, padre de Domingo Sifontes, se instaló en Tumeremo en tierras arrendadas que más tarde, en 1883, haría propias mediante la compra a don Antonio Luccioni.
Eran dos leguas, parte de las cuales destinó al Hato “La Carata” y el resto a los ejidos de Tumeremo.
El General Domingo Sifontes era casado con Eufemia Cabrera y de la unión nacieron en “El Carata” y en “Buen Retiro” seis hijos: dos varones y cuatro hembras, entre ellas, Mercedes Sifontes, casada con Valentín Cabreras Nier, padres de Horacio Cabrera Sifontes.

EL TERRITORIO DEL YURUARY

El territorio del Yuruary, producto de la división político territorial que en el  Quinquenio de Guzmán Blanco reduce a nueve los veinte Estados de Venezuela, es política y socio-económicamente pintado por Horacio Cabrera en su libro con un buen caudal de conocimientos.
A medida que el lector toma vuelo se va enterando de cosas y casos como el de Inesita Rau, la rica que descendió a los niveles de pobreza por la devaluación de la libra en Londres donde le depositó la fortuna para que viviese de los intereses; como de la época del esplendor del oro en El Callao y las ocurrencias del indio Arsenio matando venados con balas de oro cuya onza costaba un décimo de lo que cuesta hoy; como las mentiras de Lucién Morisse cuyo libro rescató Juvenal Herrera para que fuera editado por la CVG sin meditar el riesgo que significa gastar los dineros del Estado en obras como esa; como la venta que hizo Guzmán Blanco a Liccioni de las 379 leguas de tierras pertenecientes al Colegio Federal Guayana por 600 mil bolívares y que iban desde Tumeremo hasta San Félix.
Cosas y casos como la del general Manuel González Gil, apodado “El Gallito”, quien fue Presidente del Estado Bolívar en tiempos de Guzmán Blanco y de Crespo y que administró con 700 hombres las sabanas cresperas del Caura que luego compraría Gómez por  80 mil bolívares para terminar vendiéndoselas a la nación por 17 millones de bolívares.
Horacio Cabrera reseña muy bien en su libro la Batalla de Orocopiche que decidió la toma completa de Guayana en tiempos de la Revolución Legalista y destaca la participación del general Domingo Antonio Sifontes. Retrata de cuerpo entero al general José Manuel (el Mocho) Hernández, el que siempre obstentaba el uniforme militar                  para poder sentirse seguro, distinto al General Celestino Peraza que prefería el liquiliqui                   no obstante su veleidad similar a la del General Velutini que le tiraba un tiro al gobierno y otro a la revolución.
El ministerio de trascendente Muerto de la Carata queda bien descodificado en este libro “El Abuelo”. El famoso muerto o “Hermano Penitente” como lo llamaban los espiritistas que frecuentemente llegaban al Hato para invocarlo asi como judíos y otros fanáticos del esoterismo, y la superstición interesados más en la posible botijuela que en el arcano, queda aclarado con la existencia de Pedro Manuel, un personaje culto que dominaba idiomas como el difícil arte de la ventriloquia con todo lo cual armó un psicológico entrenamiento individual que asombró ingenuamente a todo el Yuruary trascendiendo más allá del Cuyuní, el Caroní y el Orinoco.

LA EXPULSIÓN DE LOS INGLESES

El libro de Horacio termina con el “Incidente del Cuyuní”, y la gran manifestación anti-inglesa en Caracas y las palabras pronunciadas por el doctor Luis Felipe Vargas Pizarro en la ocasión de la muerte de Domingo Sifontes ocurrida en El Callao a la edad de 78 años.
Pero el “Incidente del Cuyuní” a que se refiere este libro, más que un incidente fue una acción patriótica reflexionada con gran sentido patriótico y tal vez en conciencia de las consecuencias inmedibles. Y es que lo importante en ese momento de la acción, una acción de fuerza que se repitió en tres ocasiones, no eran precaverse de que se estaba ante un gigante sino que el gigante estaba hollando tierra sagrada y había que expulsarlo sin miramientos ni temores.
Tener a los ingleses allí en Cuyuní frente a El Dorado con un “Departament of Police of Cuyuní and Yuruan Rivers” como bien claro decía el letrero puesto en la  fachada del Bungalow, no era para quedarse tranquilo a la espera del visto bueno del Presidente Crespo que absurdamente le pidió a Sifontes más o menos que se hiciera el loco, sino que había que proceder como bien procedió aunque con ingratos resultados, pues luego de detener al comisionado inglés Douglas D. Barnes junto con la oficialidad y la tropa y remitidos todos a Ciudad Bolívar, fueron puesto en libertad casi en el acto por el gobernador o presidente del Estado, general Manuel Gómez Gil.
Por eso, la segunda vez que los ingleses enviaron a 30 hombres al mando de Michael Mac Turk, la experiencia indicaba que no había que detenerlos sino espantarlos a tiro limpio. Algunos ingleses resultaron heridos, pero la lección la aprendieron, pero nunca más se atrevieron remontar el Cuyuní hasta El Dorado. El 2 de enero de 1895 es por eso fecha memorable. Cuatro años después se produciría el Laudo Arbitral de París y todos conocemos la historia.
El año pasado por esta misma fecha estuvo el primer ministro de Guyana Hoyte en Venezuela estrechando las relaciones, abriendo una línea de crédito y haciendo poco a poco que se olvide la reclamación de la tierra usurpada.  









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