sábado, 29 de marzo de 2014

Discurso póstumo



(Discurso pronunciado por Américo Fernández en el Concejo Municipal ante los restos de Horacio Cabrera Sifontes expuestos en en salón de sesiones
El sentimiento de la muerte – que es el verdadero sentimiento trágico de la vida – se puede experimentar de dos maneras: en la carne propia o en la de los demás. Lo más corriente es experimentar la muerte de los otros, y son pocos los seres humanos que se dan realmente cuenta de cómo la muerte nos va invadiendo cada día. En cierta forma se podría decir que vivir es un suicidio. Por eso decía Camus que el suicidio es el más importante de todos los temas filosóficos (Ludovico Silva).
¿Cuántas veces pensó Horacio en el suicidio?
Tantas como cada eslabón restado por el tiempo al cerco que le iba reduciendo la vida.
No esperó que el suicidio se consumara por su cuenta. El siempre fue rebelde y por eso un día después de conmemorada la Bandera (lunes 13 de  marzo de 1995), cuando el Sol tendía su crepúsculo sobre el Orinoco, se le adelantó. Como también lo hizo Diego Heredia Hernández, quien lo sucedió en su gobierno. Como igualmente lo hizo Fabricio Ojeda, con quien pernocté  a fines de 1958 en su Hato de El Palmar. Como asimismo su amigo Alirio Ugarte Pelayo,  el 19 de mayo de 1966 y como aquél insigne novelista Premio Nóbel que él admiraba, Ernesto Hemingway, el célebre autor de “Por quién doblan las campanas” y “Muerte al atardecer”.
El siempre fue adelantado, como todos los canarios de su estirpe que  desafiaron el mar tenebroso para asentar las bases de su porvenir en aquella tierra de gracia llamada Aragua de Barcelona y después en el Guarán allá en las tierras del Yuruán y del Yuruary.
Yo lo conocí siendo él Gobernador de este Estado en el año transición de la Dictadura a la vigente Democracia. Este año de 1958 fue realmente efervescente, a la medida de su temple y de su talla de hombre formado en la dinámica del acontecer nacional.
Venía con el Proyecto del Puente sobre el Orinoco bajo el brazo.
No lo hizo por donde él lo había decretado, con base central sobre la Piedra del Medio, sino a ocho kilómetros aguas arriba, entre Playa Blanca y Punta Chacón. Pero no importa, allí está y tiene en su haber el haberlo decretado.
Cuando eso ya había recorrido medio mundo. Todavía no se le abría su vena de escritor. Apenas conocíamos “Caramacate”, escrita cuando luchaba en la clandestinidad contra la tiranía de Juan Vicente Gómez. Entonces permaneció secuestrado en la cárcel de La Rotunda desde 1930 hasta 1934, año en que fue deportado junto con Jóvito Villalba, a quien llamaba hermano; José Antonio Mayobre, Fernando Key Sánchez  y otra cáfila de jóvenes combatientes.
La Rotunda – en lo confesó en cierta ocasión – era un calabozo descomunalmente redondo donde la voz hueca de los carceleros retumbaba con la misma crudeza tenebrosa de los grillos.
Grillos hasta de treinta kilos de los carceleros atornillados a los pies de los políticos en rebeldía. Los grillos no solamente estaban en La Rotunda. En todas las prisiones del régimen gomecista funcionaban esos aparatos medievales concebidos para aniquilar a los libres pensadores. Pero una vez que el tirano sucumbió a los términos de su longevidad, los fraguados instrumentos de tortura fueron refundidos para mejor destino unos, y otros como los de La Vetusta Cárcel de Ciudad Bolívar, lanzados a las aguas profundas.
Los grillos de la Cárcel de Ciudad Bolívar se los tragó el río. Una vez caído el tirano fueron llevados a borde de un curiara y lanzados al Orinoco. La fantasía popular dice que cayeron justamente en la fosa de 150 metros de aguas debajo de la Piedra del Medio, donde el Bachiller Ernesto Sifontes pescó un pez-sierra que desorientado había penetrado por el estuario del Delta. Allí quedaron los grillos arrojados como áncora de un viejo galeón del que ya no debe quedar ni la herrumbe.
Horacio cabreras Sifontes padeció grillos de ese calibre, allá en La Rotunda. Grillos como botas infernales a los cuales en un esfuerzo sobrehumano debió adaptarse durante cuatro años de su reclusión en aquella fatídica prisión demolida por fortuna hace ya sesenta años, para erigir allí la Plaza Concordia, donde se respira con el recuerdo el aire enrarecido de una época signada por bárbaros procedimientos.
Junto a Horacio ¿Cuántos? El en sus conversaciones solía sacarlos de los pliegues de una memoria que se resistía a la densidad del tiempo: Francisco (Kotepa) Delgado, Fernando Key Sánchez, Raúl Osorio, José Antonio Mayobre, Juan Batista Fuenmayor ¿Cuántos más? Es una lista larga y Cabrera Sifones apenas mencionaba algunos compañeros de su reducida como sórdida celda llamada “El Olvido”.
Era un recuerdo tenebroso, pero del cual no se quejaba porque había transmitido una experiencia extraordinaria al llegar a conocer al régimen político de aquel tiempo.
Horacio fue reducido a la terrible Rotunda por estar comprometido en el complot denominado “Dancing del Hipódromo” que era una organización que conspiraba buscando una salida democrática al régimen autoritario de Gómez.
Entonces trabajaba en el diario “El Heraldo” como traductor de cables noticiosos del inglés y francés al castellano, pues había estudiado en Trinidad y aprendido esos otros dos idiomas que le permitieron conocer mejor las ciudades europeas por donde viajó y vivió intensamente. Con igual oficio laboró en el diario “La Esfera” y en la “New York Bermúdez Company”.
Horacio Cabrera Sifontes trabajaba y se ganaba la vida en buena lid, pero era un perseguido de Gómez, dado que su familia, desde los tiempos del Mocho Hernández, siempre estuvo metida en empresas revolucionarias. De Guayana se había ido al Zulia. Estuvo un tiempo internado en la montaña y luego quiso normalizar su vida en Caracas, pro no le fue posible porque pronto cayo en las redes de la política oposicionista y consecuentemente en la cárcel y el exilio.
El 6 de diciembre de 1934 fue embarcado en El Flandre y junto con cinco de los 36 políticos que había en prisión, salió exiliado hacia Trinidad por el puerto de La Guaira.
Su llegada a Trinidad fue detectada por Miguel Otero Silva. Desde lejos el escritor veía que los recién llegados caminaban tirados hacia delante y no podía ser normalmente pues habrían perdido el centro de gravedad por llevar grillos durante tanto tiempo.
Cabrera Sifontes no volverá a Venezuela sino después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez ocurrida el 17 de diciembre de 1935, coincidencialmente aniversario de la muerte del Libertador; pero en 1937 volvería a sufrir el ostracismo, pues las cosas que comenzaron bien con López Contreras, terminaron mal  y hubo nuevamente presos, persecución y exilio. Entonces se radicó en Bogotá y editó en esa capital una colección de relatos de la selva guayanesa bajo el título de “Caramacate”.
Posteriormente se trasladó a california y allí estudió ingeniería de sonido e intervino en la producción del filme venezolano “Joropo”. A partir de 1940 se vinculó al Maestro Rómulo Gallegos, a quien acompañó en sus exploraciones cinematográficas por los Estados Unidos y escribió una adaptación fílmica de “Doña Bárbara”.
Comenzaba a echar raíces en los Estados Unidos cuando en tiempos de Isaías Medina Angarita, por una circunstancia inesperada, se vió impelido volver a la patria: el Gobierno norteamericano lo obligaba a enrolarse en el Ejército. Se negó alegando que era exiliado político. Consultaron al Gobierno Venezolano y un escueto telegrama de respuesta del Ministro de Relaciones Interiores, Arturo Uslar Pietri, que decía “Venezuela no tiene presos políticos ni políticos expulsados”, lo hizo retornar.
Dada su amistad con Rómulo Gallegos estuvo a punto de seguir de lleno en la política, pero se dio cuanta que los dirigentes que estuvieron presos junto con él estaban divididos y eso lo decepcionó tanto que se dijo “mi puesto no está en ningún partido sino en el campo”. De manera que miró para la tierra de sus abuelos, para la tierra de sus padres Valentín Cabrera Nier y Mercedes Sifontes y de Caracas se vino para Guayana, donde se dedicó a las faenas agropecuarias, llegando a ser connotado dirigente y Presidente de la Federación de Ganaderos del Estado. Al lado de su amigo Raúl Villegas libró importantes batallas en defensa del gremio ganadero. Escribió varios folletos sobre problemas del campo y combatió la supresión del Cordón Sanitario contra la Aftosa que amenazaba a toda la ganadería del país.
La restauración democrática de 1958 lo elevó a la Gobernación del Estado Bolívar. E hecho de que fuese designado titular del Poder Ejecutivo de su territorio natal, lo calificaba él  “casi una equivocación”. Lo obligo a ello su amistad con Eugenio Mendoza. Al principio se resistió hasta que el industrial entonces miembro de la junta de         Gobierno presidida por el Vicealmirante Wolfgan Larrazábal, le dijo: “vas a tener plena libertad, tu eres un elemento de plena confianza y vas a escoger el equipo que tú creas necesario”. Esa frase oportuna lo convenció y aceptó el mandato.
Cuando vinieron las elecciones del 58 y concluía su gestión, Sofía Fernández de Lezama fue comisionada por Rómulo Betancourt para proponerle que se quedara en el gobierno un año más y luego vino a ratificárselo  personalmente el Dr. Raúl Leoni aduciendo que Acción Democrática no tenía objeciones, que deseaba se quedara en la Gobernación porque lo había hecho bien. Entonces, Horacio le respondió: “Ahora menos me quedo porque nadie es buen gobernante sino aquél que se muere a tiempo”.
No quería don Horacio caer en la tentación de arriesgar su buena imagen de gobernante en el continuado y enrevesado juego de la política. Además se acordaba del poeta nativista Héctor Guillermo Villalobos, quien fue víctima de la pugna interna de su partido, llegando el doctor J.M. Siso Martínez a ponerle un revólver en el pecho para que renunciara como Gobernador que fue del 45 al 46. Pero el poeta no se acobardó sino que desarmó y después el Ministro Valmore Rodríguez lo llamó y le dijo: “Querido Guillermo, e voy a dar un chance para que renuncies” y Héctor Guillermo Villalobos le respondió: “Yo no renuncio porque no lo estoy haciendo bien. Si usted quiere, quíteme” y lo quitaron.
Durante el período 1964-1968 el escritor y político Horacio Cabreras Sifontes representó al Estado Bolívar como Senador de la República en las listas de URD.                    El aparecía como candidato independiente, porque nunca había querido militar alegando que era reacio ala disciplina partidista. Sin embargo, el día en que unos cuantos parlamentarios urredistas le dieron la espalda al partido amarillo, él quiso tener un gesto de solidaridad con el partido que lo llevó en sus planchas y se inscribió como militante.
Pero en 1973 no quiso militar más en el URD y alegaba como causa la inconsistencia de Jovito Villalba hacia los partidos con los cuales suscribió una acuerdo para ir unidos a las elecciones de 1973 en torno a un solo candidato escogido en un Congreso que se reunió en el Palacio de los Deportes. Pues bien, Paz Galarraga y Jovito Villalba se disputaron la candidatura de unidad de las Izquierdas. Resultó electo el doctor Jesús Ángel Paz Galarraga del Movimiento Electoral del Pueblo, y Villalba dijo entonces el discurso más revolucionario, más sociológico, más científico que haya dicho en su vida.
Horacio solía citar casi textualmente aquel pasaje conmovedor del discurso de Villalba que decía: “Ustedes creen que yo estoy triste porque he perdido, pero yo he ganado mi lucha de todos los tiempos porque sacrificándome yo a la ambición tonta por la Presidencia de la República, he logrado que se unan las izquierdas”.
Pero aquellas palabras que resonaron en el corazón de los sufragantes, pronto cayeron en el vacío. Al día siguiente Jovito había girado 180 grados. Preocupado, Horacio Cabrera Sifontes, fue esta la residencia de Jovito, donde se hallaba reunido con un grupo de miembros del Directorio y le dijo: “Hermano, hablar con usted dos minutos” y respondió el Maestro: “Dos minutos en mucho tiempo”. Entonces replico Horacio: “Lo que le iba a decir en privado mejor es que lo sepan todos:¡Hermano, a ti te queda una sola alternativa, o eres consecuente con lo que dijiste anoche o te perdiste para siempre!”. Parecía derrumbarse así la grande y entrañable amistad de muchos años, desde los torturantes días de La Rotunda.
Esa era la personalidad de este hombre que el lunes 13, a las cinco de tarde, tuvo el valor de dispararse un tiro ante la perspectiva de la invalidez. ¡Quizás si se acuerda de Franklin Delano Roosevelt que dirigió a su gran país desde una silla de ruedas, habría desistido, pero fue su decisión y se respeta! Al fin y al cabo como decía Albert Camus, muerto también trágicamente, pero en accidente de transito, que “vivir es un suicidio” y si lo es en el fondo, Horacio no hizo otra cosa que reforzar el concepto con un hecho desgarradoramente contundente.
Pero nos deja de lección de honestidad y franqueza y una obra literaria de una docena de libros que comenzó a ser profusa con “La Guayana Esequiba”, estudio profundo que realizó cuando el Gobierno de Venezuela a través del Canciller Marcos Falcón Briceño denunció en el seno de las Naciones Unidas, el Laudo Arbitral de 1899. En 1972 continúo su obra con “La Rubiera”, relató basado en su experiencia como administrador que fue de ese fundo, el más grande habido en Venezuela, 180 leguas, y donde vivió constantemente enfrentado a cuatreros organizados que diezmaban la ganadería y a tigres depredadores que abundaran en la zona. En 1974 publicó “El Conde Cattaneo” que es la vida de un personaje aristocrático llegado a Venezuela en tiempos de Cipriano Castro y que tuvo muy                unida a su familia, especialmente al General Domingo Sifontes, fundador del El Dorado y con quien expulso a ingleses empeñados en rodar las fronteras. En 1979 publicó “Verdad del Lago Parima”, relato donde sostiene que ese Lago, realmente existió, pero que no era ningún Dorado. Lo ubicaba en lo que es hoy el Hato La Vergareña que fue de su propiedad, donde hoy pastan unas 30 mil cabezas de ganado. Este valle o depresión de 50 mil hectáreas corresponde según su investigación al punto geográfico señalado por Humboldt y revela características geográficas de un lago que se vacío por un fenómeno muy espontáneo y natural.
En 1980 hizo editar “Guayana y el Mocho Hernández”, libro que relata episodios de la Guayana adentro en torno a este pintoresco personaje de la política venezolana, quien junto con su abuelo el General Domingo Sifontes se sublevó en el Yuruary en respaldo de la Revolución Legalista de Joaquín Crespo.
En 1982 “El Profeta Enoch”, vivencia y seguimiento que le hizo a este personaje misterioso que conmovió a Guayana en los tiempos de la Humareda, volvieron contra él, pues terminó preso en cárcel colombiana.
1984, “la Guayana del Oro y Don Antonio Liccioni”, que es la vida documental de este corso fundador de El Callao y administrador de las minas más fabulosas descubiertas en aquel distrito minero del Yuruary.
1985, “El Tigre de Madre Viejo” donde cuenta varias de sus hazañas como gran matador de tigres. Se enfrentó a un centenar de felinos en La Rubiera, en los Montes de Nuria y en la Vergareña, entre ellos el Tigre Madre Viejo, azote de la hacienda Buena Esperanza, del Coronel Eloy Montenegro, al Sur del Lago de Maracaibo.
En 1988, “El Abuelo”, un ensayo sobre la vida y ambiente del General Domingo Sifontes, con motivo del Bicentenario de su tierra natal Tumeremo, donde nació hace           85 años.
Casi todas sus obras fueron publicadas en Caracas por cuenta de Ediciones Centauro, excepto las dos últimas: “Estudio Histórico Geográfico de Guayana” y                  “El extraño caso de un velorio en ausencia” editados por la Gobernación del Estado Bolívar.
Alguna otra obra seguramente queda por allí, tal vez El Taita del que tanto hablaba; rezagada en los anaqueles apretados de su Biblioteca envidiable, y que seguramente será rescatada para ser publicada en ausencia. Sería ésta la de un filósofo llanero que como todos los filósofos debe tener su concepción de la muerte, como lo tuvo Ludovico Silva, a quien cité al iniciar este reportaje, y con el cual se me antoja concluir citando esto que él también dijo de la muerte: la muerte es un viento frío que nos penetra hasta los huesos y los deja como resecos y duros, con un blancor deslumbrante.
Yo he sentido esa muerte, yo he estado muerto. Hace diez años, durante una enfermedad penosa, vi pasar delante de mí un montón de cadáveres. Y, ahora, en mis sueños de vigilia, veo muertos, muchos muertos. Es producto de mi melancolía, me he vuelto intratable, porque no hago sino ver fantasmas y oir música, encerrado como un cadáver en el rincón más humilde de mi casa. Es lo que quería ese gran filósofo de la muerte, Frank Kafka: “sólo un rincón donde respirar”.    






 

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